México • Alrededor del Monumento a la Revolución han venido a sustituir a los “espectaculares” del actual personero del latrocinio patrio imágenes nuevas. Imágenes de la infancia nacional. Pero, ¿qué es lo que distingue aquellas efigies presidenciables de estas otras de niñas mexicanas? ¿Qué las iguala?
Las igualan la fe y la esperanza fincadas en su caridad: esto es, en su capacidad de cara fotografiada y expuesta a gran formato para significar cosas tan dignas (“sé cumplir mi palabra”) como bellas (la inocencia cargada de historia milenaria). Cosas sin cuento, comunicadas por el simple aspecto fugaz de una fisonomía. “Las fotografías —dice Sontag—, que nada explican por sí mismas, son, empero, invitaciones inagotables a la especulación y la fantasía. Lo que llegue a conocerse por medio de una fotografía fija será siempre alguna clase de sentimentalismo, ya sea de índole cínica o humanista.”
Es costumbre de la afición, y aun de la crítica, calificar a Gottfried Helnwein de transgresivo. Nada más falso. Si, al decir de Anthony Julius, el arte transgresor es de tres tipos —el que vulnera las leyes del arte mismo; el que viola los tabúes sociales; y el que ofrece resistencia política— resulta claro que el vienés ya no transgrede nada. Su arte todo se basa en diversos conceptos de la infancia –considerada como inocente, victimada y dotada de fantasía artística- que no son más que la ortodoxia imperante. (Transgresor sería Onetti, cuando escribe: de la infancia no voy a poner nada. Como niño era un imbécil.)
Al respecto son indicativos los títulos que pone Helnwein a sus técnicas mixtas: Los desastres de la guerra; Los caprichos... Como señala el mismo Julius, Goya, lejos de ser el gran abuelo de lo transgresivo, estaba comprometido con el proyecto de la Ilustración —ahí donde campean los prejuicios, la maldad y la estulticia, implantaremos la razón, la virtud y la paz— en tanto que Helnwein, por medio de su arte, proclama: ¡a la violencia y la corrupción opondremos la santa libertad del niño artista!
El valor de Helnwein estriba más bien en lo técnico y lo sensual. El vello de una comisura. El ir y venir entre el fotorrealismo perceptible a los dos metros y, ya de cerca, el pictoricismo matérico. La sangre que se enfurece en unos cabellos. La pálida cara infantil flotando tenue y dormida en una profunda aguamarina.
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Fe, esperanza y caridad. Gottfried Helnwein. Museo Nacional de San Carlos. Hasta marzo de 2013.