La obra de Helnwein desnuda por completo al ser humano y pone al descubierto sus más oscuras vilezas, la tortura, el abuso y la perversión en su más vulgar expresión son parte de sus temas centrales. La violencia humana y la violencia de la madre naturaleza formadora y deformadora de cuerpos, comulgan haciendo un repugnante y exquisito coctel de enfermedad, nausea, furia y demás calamidades dignas de la peor pesadilla de un enfermo mental; todo esto nos acerca rápida e irremediablemente al umbral del dolor más trágico y penoso, donde cualquier cantidad de palabras se quedan más que cortas al lado de sus provocadoras imágenes, sublimes y devastadoras.
Infancia y pubertad ocupan un lugar primordial en la obra de Helnwein, es más que desgarradora la forma en que nos conduce al mundo frío y oscuro de esos infantes torturados física y psicológicamente, los vemos vendados, con implantes metálicos en sus rostros parcialmente ocultos, casi siempre con sus ojos cubiertos o cerrados (Helnwein dice que un rostro con los ojos cerrados muestra muchas cosas importantes que ocultamos cuando los tenemos abiertos), una extraña ternura se siente al verlos así, sustraídos de su inocencia y de sus juegos para ser llevados a un mundo gélido de lugares parecidos a hospitales en medio del enclaustramiento y desolación donde no hay lágrimas, solo rostros, sangre y cuerpos inertes. El dolor de sus personajes habita en el silencio, dentro de un adormecimiento encapsulado y letárgico.
La crítica al clero, a la guerra y sus altos jerarcas, más que crítica es sólo un fiel retrato de las bajezas más incalificables de estos seres diabólicos, Helnwein denuncia su cinismo, sus abusos y su pudrición y hace ver desde dentro los más bajos niveles a los que podemos llegar, destapa la cloaca de la más horrenda condición del ser humano enseñándonos el abismo de la verdadera perversión.
La asimilación del ser humano por ser humano y su exacerbada y obscena decadencia, es motivo de escarnio constante en muchas de las imágenes de este artista, se burla de un mundo occidentalizado y cómodamente insensible (diría Roger Waters), retratando nuestros tiempos de una manera fiel y descarnada.
Helnwein se autorretrata muchas veces con vendas e improvisados implantes metálicos en los ojos, en la boca y “tortura amorosamente” en su estudio y en sus lienzos y fotografías a niñas, niños, hombres y mujeres, su lenguaje es directo, contundente, escalofriante y exquisitamente poético, porque el dolor lo sublima a niveles de adoración, a niveles de la propia religiosidad en su forma más pura; donde la luz y la oscuridad conviven dramática y armónicamente mientras un grito o miles de gritos ahogados ensordecen la atmosfera al contemplar su obra viendo sus niñas y niños totalmente vulnerables, torturados, usados como viles objetos y usados también para que nosotros como adultos depositemos en ellos cuanta inmundicia nos dieron en la infancia. Podría parecer todo esto sólo un planteamiento pesimista siniestro y perturbador, o simplemente una posición negativa ante la vida, pero lo que nos muestra este gurú de la imagen no es más que parte de una realidad que por cruda que sea simplemente existe y si no la vemos ésta puede seguir creciendo como cualquier cáncer sin atención, por eso sus obras deben verse y deben sentirse, para maravillamos por su indiscutible belleza y conmovernos por la contundencia de su verdad. Helnwien dice (y queda muy claro en su obra), que desde muy joven se ha preocupado por la injusticia en el mundo, un mundo al que a él alcanzo a percibir aún con las heridas abiertas por la segunda guerra mundial en su natal Viena, donde vio la luz en 1948.
La tristeza es un calificativo muy pobre para explicar gran parte del discurso de Helnwein, la tristeza no habita en su obra de forma pura, la tristeza hablaría de cierta esperanza pero en sus imágenes se puede tocar algo más que eso, quizá un purgatorio helado, un infierno estático sin salida, lleno de nada, vacío de todo, anestesia constante que se hace presente como el falso antídoto para la sórdida desolación de la inexplicable existencia, de la imposible capacidad para desentrañar lo que somos una vez que hemos dejado la inocencia.
El mal ha hecho su aparición y con él, la desesperanza encuentra su casa en los niños que despojados de su inocencia ya no ríen jamás.
La obra de Gottfried Helnwein se presenta en la Ciudad de México, en el Museo de San Carlos hasta marzode 2013.